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Instituto de Liderazgo Pastoral

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Fábulas Vocacionales

 

MI AMIGO EL ARADO

 En el andar de la vida encontré a alguien con quien no hablé nunca, pero hoy me sirve de referencia como ejemplo para ti que lees estas líneas.

 

                -¡Hola!, ¿Cómo te llamas?

                 -Me llamo arado. ¡Qué tal, arado! Yo soy Cornelio. Me gustaría que fuéramos amigos. Te observé cuando yo caminaba detrás de ti. Cuéntame la historia de tu existencia, me gustaría conocerte.

                 -Bien, yo soy una herramienta de trabajo, y mi existencia se remonta cuando el hombre pensó en darme utilidad para mejorar las condiciones de trabajo duro. Antes de mi existencia hubo otros instrumentos de labranza como la coa, el zapapico, y el azadón, pero yo soy más efectivo en el rendimiento de la dura faena. Por ser de hierro, soy fuerte, y estoy constituido  para abrir surcos en los distintos tipos de terreno; no importa si son brutos, pedregosos, o estén llenos de hierba, yo logro llegar a la profundidad necesaria para conservar la humedad y así se pueda sembrar la semilla que un día germinará, crecerá, y se convertirá en alimento para la existencia de otros reinos, como el animal y el vegetal. Dime, ¿tú conoces otros reinos?... si no los conoces, me gustaría que los conocieras. Tú que eres humano y que, a diferencia de los hermanos de tu propio reino, los seres vivos, puedes pensar sobre todo, sentir, ver, oír, oler, tocar, dones de los cuales yo carezco. Tu tienes la capacidad y la habilidad  de describir y transformar tu mundo.

 -Sí, sí los conozco: sé diferenciar el reino mineral al cuál tú perteneces por ser de hierro; sé también diferenciar el brillo del metal más preciado por el hombre. Pero hay otro reino más brillante que el oro: ¡EL REINO DE DIOS! El cual podemos conocer si uno está dispuesto a estar en él.

 Pareciera que somos diferentes, pero no, somos creación del mismo Ser Supremo quien hizo todas las cosas… DIOS… Dios nos creó a través de su Palabra. Dio al hombre la capacidad y la habilidad , como dices, de dominar, administrar y aprovechar las demás cosas creadas y de darle uso en sus necesidades.

 Cuando yo era niño, sembré semillas en el surco que tú formabas. Junto a mi padre tú formaste parte de un equipo de trabajo: los bueyes, el yugo, las coyundas, el timón y la garrocha, y el día en que mi papá faltó, puse mi mano derecha en la mancera para que tú no torcieras la línea recta del surco. Y así crecí, alimentándome del esfuerzo de ese equipo.

 Ya de joven y por circunstancias de la vida, ya no te ví delante de mí, pero he tenido referencias tuyas: en la Biblia, en el primer Libro de los Reyes, capítulo 19, versos 19 al 21, relata el llamado  de la vocación de Eliseo para ser profeta y servidor de Dios; tú fuiste testigo de ese llamado: él estaba arando con su yunta de bueyes.

 Hoy para mí eres un ejemplo en otro tiempo y en otra dimensión; los terrenos que yo piso son diferentes, pero igual de duros y pedregosos. Tu utilidad sigue dando alimento material a la humanidad; yo, en cambio, espero ser útil para que mis hermanos reciban alimento espiritual. Te pido disculpas por no haberme dirigido a ti antes, pero sinceramente te digo ¿quieres ser mi amigo?

 -¡Claro que sí, hermano Cornelio!... para eso me llamaste desde el principio.

  

Cornelio Tecruceño, Aspirante al Diaconado Permanente, I.L.P.

 


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